Volver a noticias
¿Cual es la Emoción más Peligrosa?
2026-02-26 00:00:00 26/02/2026

¿Cual es la Emoción más Peligrosa?

Los últimos días he estado pasando tiempo con mi familia, más en concreto con mi madre y mis hermanas.

A veces, cuando atravesamos una etapa monótona, sin grandes cambios, empezamos a asumir que ya no hay pregunta ni acontecimiento capaz de sorprendernos. Como si el mundo ya estuviera explicado. Pero el mundo siempre tiene un presente nuevo que regalarnos.

La pregunta de mi hermana Alicia

El otro día, justo antes de cenar, mi hermana Alicia me lanzó una pregunta inesperada:


— ¿Cuál es la emoción más peligrosa, tete?


Me sorprendió. Empecé a pensar en la respuesta más honesta que pudiera darle… y en cómo explicarla a una niña pequeña sin simplificar en exceso algo que, para mí, tiene bastante profundidad.


Primero pensé en la tristeza. Pero he visto a personas salir de pozos muy oscuros. Después pensé en la rabia. Sin embargo, es una emoción intensa, sí, pero generalmente pasajera. Entonces entendí que la emoción más peligrosa, para mí, debía parecerse al hombre más peligroso: aquel que no parece peligroso. Y en ese momento me vino a la cabeza la esperanza.

La esperanza

La esperanza es considerada una emoción positiva. Por eso mismo es difícil verla como un riesgo. Es casi invisible.


Además, cuando recordamos el pasado solemos quedarnos más con lo bueno que con lo malo. Por eso, los efectos devastadores de la esperanza se difuminan, mientras que sus resultados positivos se magnifican en nuestra memoria.


La esperanza puede hacer que un hombre, casi moribundo, siga avanzando con la ilusión de salvarse. Pero también puede empujar a alguien a cometer atrocidades con la esperanza de alcanzar una supuesta paz o gloria futura. La esperanza está detrás de la ludopatía: cuando un jugador pierde y cree que, si juega una vez más, recuperará todo. Está detrás de decisiones temerarias. Está detrás de guerras. Está detrás de sacrificios heroicos.


Quizá tenga el poder más grande que puede ostentar una emoción.


Es sigilosa. Se presenta como amiga. Está presente en un alto porcentaje de nuestros actos, como una red invisible que nos sostiene… o que nos atrapa. Puede confundirnos. Puede volvernos osados cuando deberíamos ser prudentes. Por eso, en magnitud, la considero la emoción más peligrosa.


Tal vez solo podría disputarle el puesto el amor en ciertos casos. Pero incluso ahí tengo dudas: sería muy osado afirmar que el amor no contiene, en su núcleo, una parte de esperanza.

Mi respuesta

Mi respuesta fue sencilla:


— La esperanza.


No quise entrar en debate.


Mi hermana habló de la frustración y mencionó una película sobre emociones —Inside Out, creo recordar—, pero no profundizamos más.


Explicarle a una niña pequeña el peligro de la esperanza me parecía innecesario, incluso cruel. A veces, la verdad no es útil según el momento. Y en ciertas etapas, puede ser más dañina que constructiva.


Así que le di mi respuesta y la dejé reír. Quizá dentro de unos años lea este texto y entienda mejor aquella palabra que le solté sin más contexto.

La astucia detrás del poder

Hace años, en una conversación con un sacerdote en Cullera —si no recuerdo mal, era en una reunión del Camino Neocatecumenal—, hice una pregunta de la que hoy no me siento especialmente orgulloso.


Le dije:

— ¿Es lícito mentir o adornar algo para que un amigo entre en la Iglesia por su bien, aunque sepa que si le digo la verdad nunca lo haría?


El sacerdote me respondió:

— La mentira es una herramienta del diablo. Él sabe utilizarla muy bien y, si la frecuentas, acabará encontrándote y ganando por experiencia. No obstante, una herramienta puede servir al fin que el portador desee. Quizá alguien podría usar una herramienta del diablo para llevar a otro a la santidad… pero quien lo hiciera debería ser extremadamente prudente.


Aquellas palabras me marcaron. Porque encerraban una verdad profunda: las herramientas no son buenas ni malas en sí mismas. Depende de quién las utilice y con qué intención.

Virtud o esclavitud

Lo mismo ocurre con las emociones. No son buenas ni malas por naturaleza. Se convierten en virtud cuando sirven al hombre.

Se convierten en peligro cuando el hombre empieza a servirlas a ellas. Ahí reside el riesgo de la esperanza.


La esperanza es una llama que ilumina en la oscuridad. Es la fuerza que nos permite resistir en el último segundo antes de desfallecer. Es lo que puede inspirar a otros a seguirnos.


Pero también puede convertirse en adicción.


Debemos revisarnos con frecuencia. Examinar nuestros pasos. Preguntarnos si esa llama tiene fundamento o si solo estamos alimentando una ilusión cómoda. Porque, aunque el calor en el pecho sea agradable, abusar de una llama sin base puede terminar quemándonos por dentro. Y entonces, aquello que parecía salvación se convierte en condena.