Jesús Solaz, sobre emociones y decisiones
La pregunta llegó justo antes de cenar, de una de sus hermanas pequeñas, con esa naturalidad con la que los niños plantean las cosas difíciles: «¿cuál es la emoción más peligrosa?».
Las preguntas de los niños tienen una ventaja: no vienen con las defensas puestas. Nadie pregunta así en una reunión de trabajo. La pregunta llegó en la cocina, antes de cenar, de una de las hermanas pequeñas de Jesús Solaz, y le costó bastante más de lo esperado responderla sin simplificarla.
Lo primero que viene a la cabeza es la tristeza. Pero la tristeza, con ser dura, es visible: quien está triste lo sabe, la gente de alrededor lo nota y existe la posibilidad de pedir ayuda. Se ha visto a mucha gente salir de pozos muy profundos.
El segundo candidato es la rabia. Es intensa y puede hacer un daño enorme en muy poco tiempo. Pero también es breve y ruidosa. Grita, avisa, se agota.
Las dos comparten una característica: se ven venir. Y una emoción que se ve venir es, por definición, menos peligrosa.
Solaz llegó a la respuesta por analogía. El hombre más peligroso no es el que parece peligroso: es el que no lo parece. Aplicado a las emociones, la más peligrosa debería ser una que nadie vigila porque tiene buena prensa.
Y entonces la respuesta se vuelve obvia e incómoda a la vez: la esperanza.
La esperanza es la única emoción que nadie te va a sugerir que revises. Se da por buena de entrada, y por eso puede llevarte muy lejos antes de que alguien te pregunte hacia dónde.
La esperanza tiene una propiedad estadística curiosa: recordamos sus aciertos y olvidamos sus fracasos. Las historias de quien resistió gracias a la esperanza se cuentan; las de quien se arruinó esperando no las cuenta nadie. La memoria colectiva está sesgada a su favor.
Sus efectos destructivos son fáciles de enumerar en cuanto se busca:
Decir que la esperanza es peligrosa no es decir que haya que vivir sin ella. Sin alguna forma de esperanza no se levanta nadie de la cama, y menos aún se monta nada.
La distinción es otra: hay esperanza con plan y esperanza sin plan. La primera es una hipótesis de trabajo, tiene fecha, tiene condiciones y se revisa —«si en seis meses esto no funciona, cierro»—. La segunda es una anestesia: sirve para no tomar la decisión que toca.
El peligro no está en esperar. Está en esperar sin haber definido cuándo dejar de esperar.
La versión que acabó dándole, después de pensarlo, fue más corta que todo esto: la emoción más peligrosa es la que te hace seguir esperando cuando ya deberías estar haciendo otra cosa. Porque no duele, y por eso no te avisa.
Jesús Solaz
Empresario tecnológico y creador de software