¿Habéis sentido alguna vez que estabais en el lugar adecuado, sin lugar a dudas? Esa fue mi sensación exacta mientras hacía la foto que encabeza este post.
Fui con mi amiga Miriam a La Chopera, en Algemesí. Nunca había estado allí, pero me encantó: es un lugar lleno de vida, vegetación, gente paseando a sus perros y niños jugando. Un escenario de película. Estar en el lugar adecuado es más difícil de lo que parece, porque deben converger tres cosas: tu mejor versión, el espacio físico ideal y las personas correctas.
A veces, la vida te regala tardes así para recordarte que merece la pena estar agradecido.
La historia de cómo conocí a Miriam es curiosa. Fue un "match" de Tinder de mi amigo Ferrán Bolinches. A él no le terminaba de convencer porque ella no estaba pasando por su mejor momento y, para ser sinceros, no se le daba muy bien escribir por chat.
Ferrán nos presentó para ver si surgía algo entre nosotros. Coincidimos un día tomando algo y la conocí. Al principio, Miriam transmitía algo extraño: era como ver a un león atrapado. Podías intuir su energía, pero parecía sufrir a cada paso que daba. Ese misterio despertó mi curiosidad.
Poco después, descubrí que Miriam estaba sufriendo agorafobia. A medida que nuestra amistad crecía, me confesó su situación: un exnovio le había hecho muchísimo daño, dejándola con una gran deuda y el control de su piso mientras ella, irónicamente, le pagaba la reforma de la cocina. Además, había perdido a gran parte de sus amigos por culpa de esa relación.
Miriam estaba rota. No quería salir a la calle. Recuerdo que tardé una semana entera en convencerla para dar un paseo de apenas media hora. Ese día fue durísimo para ella; apretaba una botellita de agua con fuerza para controlar la ansiedad mientras me abría su corazón.
Con el tiempo, las salidas de media hora se convirtieron en tardes enteras. Volvió a coger el coche, empezó a sonreír y terminamos patinando (aunque casi arrollo a varios coches por mis pocas aptitudes sobre ruedas). El león había conseguido salvarse de la oscuridad que lo tenía enganchado al miedo.
Cuando iba a la parroquia de La Mare de Déu del Lluc, nos enseñaron algo que se me quedó grabado: los ángeles no solo están en la Biblia. Dios puede guiarnos para ser "ángeles" para otras personas, igual que todos hemos encontrado a alguien que nos ha salvado de nosotros mismos en algún momento.
Siento que, en parte, fui un ángel para Miriam. Estuve a su lado cuando se sentía sola y verla crecer en felicidad es algo que me enorgullece profundamente. Son estos actos los que realmente marcan nuestra vida.
Llega un punto en el que uno debe aprender a distinguir entre el cariño, la necesidad y el amor real, aunque solo sea para no "rayar" a los demás con nuestras confusiones mentales.
Al pasar tanto tiempo con ella, empecé a sentir algo que no sabía identificar. Me declaré de la forma más pésima posible (por teléfono) y a los cinco minutos ya me estaba arrepintiendo. No era amor. El amor requiere un camino conjunto con vistas a futuro, atracción física y, sobre todo, que el momento sea el adecuado.
Como dice la frase: "La lluvia hace crecer las flores, pero un exceso puede devastarlas". La vida es como el menú de un restaurante: puedes elegir lo que hay en la carta, pero no puedes pedir fuera de ella. El momento nos ofrecía una amistad inquebrantable, y eso fue lo que decidimos acoger.
Miriam y yo hemos forjado una unión que recordaremos siempre. Porque al final, quien tiene la magia de una buena amistad, no necesita los trucos del romance.