Jesús Solaz, sobre ética y relativismo
«Cada uno tiene su verdad» es una frase que suena a tolerancia y que muchas veces funciona como coartada. Jesús Solaz sostiene que hay una diferencia enorme entre respetar el punto de vista de alguien y renunciar a juzgar nada.
Hay una frase que se ha vuelto tan común que ya casi no se oye: «cada uno tiene su verdad». Se dice para cerrar discusiones, para no incomodar, para parecer abierto. Y sin embargo, si se la toma en serio, deja el mundo sin suelo.
Que dos personas vean un mismo hecho de forma distinta es evidente y no lo discute nadie. Lo que no se sigue de ahí es que ambas versiones valgan lo mismo. Una puede estar mejor informada. Una puede tener interés en que las cosas se cuenten de determinada manera. Una puede, simplemente, estar equivocada.
La distinción es importante porque el relativismo cómodo tiene un efecto secundario perverso: iguala a la víctima y al agresor bajo la excusa de que cada uno cuenta su historia. Y ahí ya no estamos siendo tolerantes; estamos siendo cobardes.
Respetar cómo alguien vive una situación no obliga a aceptar su descripción de los hechos. Confundir esas dos cosas es lo que convierte la tolerancia en indiferencia.
Queda algo bastante viejo y bastante útil: mirar las consecuencias. No hace falta un sistema moral completo para reconocer que hay actos que dejan a otras personas peor de lo que estaban, y que quien los comete tiene algo que explicar.
La responsabilidad es el punto donde el relativismo se rompe solo. Nadie aplica la teoría de las verdades múltiples cuando el perjudicado es él.
Hay una tentación fácil de romantizar el dolor: la idea de que todo lo que no te mata te hace más fuerte. Es falsa la mitad de las veces. Hay sufrimiento que no enseña nada y solo destruye, y decirle a alguien que su desgracia era una lección disfrazada es una crueldad con buenos modales.
Pero también es cierto lo contrario: casi nadie cambia sin fricción. Las decisiones importantes rara vez se toman desde la comodidad. Se toman cuando algo deja de funcionar y no queda más remedio que mirar.
La diferencia entre un sufrimiento que construye y uno que solo rompe no está en el dolor: está en si la persona tiene margen y apoyo para hacer algo con él. Quien atraviesa una crisis con una red debajo sale distinto; quien la atraviesa solo, muchas veces sale roto. Por eso la conclusión práctica no es «acepta tu dolor», sino algo mucho más terrenal: ocúpate de que la gente que te importa tenga red.
Jesús Solaz defiende una postura que no deja tranquilo a nadie: no hay verdades absolutas al alcance de la mano, pero sí hay descripciones mejores y peores, y renunciar a distinguirlas por educación es una forma de dejar hacer.
El coste de esa postura es evidente: obliga a mojarse, a veces con información incompleta, sabiendo que puedes equivocarte. La alternativa —no juzgar nunca nada— es más cómoda y, precisamente por eso, sospechosa.
Jesús Solaz
Empresario tecnológico y creador de software