Ayer decidimos que necesitábamos aire nuevo y bueno... hoy escribo esto desde El Vergel (Dénia).
Todo empezó como empiezan las mejores historias: de forma improvisada. Mi mejor amigo, David López, y yo buscábamos una aventura para esta Semana Santa. Una conversación rápida por Airbnb con un chico de la zona, una maleta hecha a correr y, al día siguiente, ya estábamos en la carretera rumbo al Vergel.
Llegamos los dos con unas pintas de empresarios de éxito que no podíamos con ellas. Parecía que nos caían los billetes de los bolsillos; de verdad, creo que solo nos faltaba el Rolex para completar el cuadro. Íbamos impecables.
Como nos sobraba algo de tiempo antes de quedar con nuestro arrendador, decidimos entrar a un sitio frente a la playa. Por aquel entonces, yo ganaba bastante dinero y no tenía apenas gastos, así que ni miré los precios de las pizarras. Entramos directos, "sin miedo al éxito".
Al cruzar la puerta, la primera sorpresa: dos camareras increíblemente atractivas nos recibieron. Una era de tez blanca, rubia, con un colgante minimalista plateado que brillaba con el sol; su compañera, un poco más bajita, de rasgos latinoamericanos. El lugar era espectacular: la decoración costera, el ambiente... nos quedamos estupefactos admirando cada detalle.
Pedimos un par de cócteles. Estaban buenos, pero cuando nos clavaron 15 euros por cada uno, entendí que la broma nos iba a salir cara. Calculé rápido: entre pitos y flautas, la comida pasaría de los 100 euros. Pero estábamos allí para disfrutar, así que pedimos una paella y dejamos que el juego comenzara.
El Vergel me tenía impresionado, pero la camarera rubia era un plus. No voy a mentir, se me notó un poco que me atraía... y empezamos un juego de miraditas.
Lo sorprendente fue que ella, aun estando trabajando, respondía. No tardó mucho en acercarse y empezar a hacernos preguntas: cómo nos llamábamos, de dónde éramos... En ese momento, yo ya daba por bien invertido el dinero de la paella. Tenía una anécdota que contar y acababa de conocer a una chica hermosa. ¿Qué más podía pedir?
Al irnos, yo seguía buscando contacto visual. La puerta de salida era algo diferente a las convencionales y, bueno... uno a veces está dispuesto a hacerse el tonto por una buena razón. Quería testear si la conexión que me había montado en mi cabeza durante una hora era real o solo imaginación mía.
Al vernos "atascados", ella vino al rescate. Nos preguntó qué planes teníamos y yo, ya en modo espabilado, le dije que no conocíamos la zona y que si nos podía recomendar sitios. Le pasé mi teléfono para que anotara algo, esperando que cayera un Instagram o un número. No fui directo, pero la jugada salió mejor de lo esperado.
Me apuntó varios lugares y, justo antes de salir, soltó la bomba: ella solía ir a un sitio llamado Los Baños Sunshine y que estaría allí esa misma tarde sobre las 18:30. Si íbamos, nos veríamos allí.
Cerré la puerta y casi me da un infarto. ¿Qué acababa de pasar?
Después de conocer a Hugo, nuestro arrendador, intentamos buscarla por Instagram para ver si era una promotora del local, pero no encontramos nada. No es que dudáramos de nuestro carisma juvenil, pero no estábamos acostumbrados a estas coincidencias de película.
Para despejarnos, fuimos a la playa. Me encanta nadar en el mar, con sus corrientes y su punto de riesgo. Sin embargo, para David fue una tortura: la entrada al agua estaba llena de piedras puntiagudas durante varios metros.
A día de hoy me arrepiento de haberle insistido tanto para que pasara por ese camino de dolor; acabó con la piel de los pies levantada días después. Para mí fue una prueba de fortaleza mental: entrar y salir varias veces para ayudarle sin titubear. Yo salí ileso, él... no tanto.
Tras acicalarnos para la ocasión, fuimos a Los Baños Sunshine en busca de la camarera, que ya sabíamos que se llamaba Laura.
Pero Laura no estaba.
Llegamos una hora tarde, así que lo más probable es que ya se hubiera ido. Sinceramente, no sé si yo estaba preparado para ese encuentro; las expectativas eran tan altas que quizá los nervios me habrían traicionado.
Nunca sabremos qué hubiera pasado si ese día no nos hubiéramos entretenido bañándonos en el mar, pero así son las aventuras: a veces el premio es la historia en sí misma, y no el final que esperabas.