Jesús Solaz, sobre cine de superhéroes
Hay películas malas y películas que llegan tarde. Confundirlas es habitual, porque la taquilla no distingue entre las dos y la conversación en redes tampoco.
Madame Web llegó a los cines en 2024 con una de las peores recepciones que se recuerdan para una película de superhéroes, y desapareció rápido. Su segunda vida en las plataformas ha sido bastante más amable, y ahí es donde Jesús Solaz la vio, meses después y con las expectativas por los suelos.
Su conclusión va a contracorriente: no es una buena película, pero está lejísimos de ser el desastre que se contó. Y la distancia entre lo que es y lo que se dijo que era resulta más interesante que la película misma.
La cinta se sostiene sobre una premisa modesta —una mujer descubre que puede ver fragmentos del futuro y tiene que proteger a tres adolescentes— y se resiste a inflarla. No hay amenaza cósmica, ni multiverso, ni ejército de naves sobre una ciudad.
El personaje central tiene un arco reconocible: alguien cerrado emocionalmente que acaba responsabilizándose de otros. El villano cumple su función sin pretender ser fascinante. Y hay un par de secuencias de premonición —donde vemos una escena, se corrige y se vuelve a ver— que están resueltas con más ingenio del que la película recibió crédito.
Los diálogos son funcionales en el peor sentido: explican en voz alta lo que el espectador acaba de ver. La construcción del villano es perezosa. Y hay un problema de tono, esa sensación de película para adolescentes rodada sin decidir si va en serio.
Nada de eso, sin embargo, la distingue especialmente de una docena de estrenos del mismo género que pasaron sin escándalo.
El mismo guion, rodado en 2010, habría sido «una entretenida película de superhéroes menor». Rodado en 2024, fue «el peor estreno de la historia». La película no cambió; cambió la paciencia del público.
El cine de superhéroes vivió quince años de expansión y llegó a un punto de saturación evidente. Cuando un género se agota, ocurre algo curioso: el listón no sube, se desplaza. Las películas correctas dejan de considerarse correctas y pasan a ser prueba del agotamiento.
A eso se sumó una dinámica que hoy pesa tanto como la crítica: la película se convirtió en material de burla en redes antes de estrenarse, con fragmentos sacados de contexto circulando durante semanas. Llegó a las salas ya derrotada. Muy poca gente fue a verla; mucha opinó.
La lección que Solaz extrae no es sobre cine, sino sobre lanzamientos en general: una obra correcta en el momento equivocado rinde peor que una obra mediocre en el momento adecuado. El contexto no es un adorno alrededor del producto; forma parte del producto.
Vale para una película, para una web y para un servicio. Puedes hacer bien tu parte y aun así perder, porque el mercado estaba en otra cosa. Reconocerlo evita dos errores: creer que el fracaso siempre es culpa del producto, y creer que el éxito siempre es mérito suyo.
En el sofá, sin expectativas y sabiendo lo que hay: sí, se deja ver. Es entretenimiento correcto de hora y media. Lo que no merece es ni el linchamiento que recibió ni la reivindicación entusiasta que a veces provoca la reacción contraria.
Jesús Solaz
Empresario tecnológico y creador de software